La Coctelera

Silvio Rodríguez, el placer de la vida

El hechizo eterno del Aprendiz de Brujo

27 Junio 2007

La tonada inasible (2) A veces tocaban más o menos temprano a la puerta negra

Escrito por Silvio Rodríguez


Aveces tocaban más o menos temprano a la puerta negra, la del 4 al revés en el segundo piso, y cuando abría era aquel amigo alto, pálido y pelirrojo como un británico, vestido y peinado cuidadosamente, que portaba un maletín con cerrojos de donde salían cuartillas, casetes de música o de betamax, libros hechos o medio hechos, aspirinas, servilletas de papel y fotos propias que de pronto te dedicaba. Lo más curioso de todo era el pomito mediado de café que invariablemente extraía de aquella suerte de sombrero de copa y la naturalidad con que pedía un vaso para bebérselo. Siempre tenía la delicadeza de brindar, pero yo sabía que aquella era su decorosa manera, no exenta de patetismo, de hacer que me fuera a la cocina y desde allí vociferara: "No te tomes esa mierda, que voy a colar". Inmediatamente asomaba la cabeza y me decía: "Flaco, pero este está bueno todavía". Yo generalmente no contestaba, dando por sentado que aquello era parte de un libreto, pero otras veces, cuando estaba cabrón por la falta de sueño, le decía: "Perfecto, suénate tú la mierda esa, que yo me tomo el que voy a hacer".

Una de las últimas veces que efectuamos aquella danza barroca y matutina, me vino a proponer el papel principal en una película a cuyo guión le estaba dando taller. Le dije que a mí me hubiera gustado poder actuar, pero que estaba visto que las musas histriónicas no se me daban. Pareció no escucharme y ripostó que alguien quería llamar a Rubén Blades, pero que él pensaba que el papel era perfecto para mí. Recuerdo que yo trataba de salir del sopor en el que me encontraba después de una noche sin pegar un ojo y que me tragaba buches de café amargo, mientras mi amigo alto y pálido como un inglés pero con labia de cubano me prometía que aquella historia era un fenómeno. Se trataba de un cantautor famoso que había tenido miles de jebitas de todos los tamaños y colores, con las que había jugado a su antojo porque ninguna le había llegado a donde había que llegarle a un hombre. Cuando el cantautor, después de pasar por un rosario impresionante de mujeres, llegaba a la madurez y se sentía solo y agotado, se encontraba con un titi, una adolescente fresca y delirante que se lo bailaba olímpicamente y luego hacía una muesca en el cabo de su pistola. El final era el cantautor desolado, cayéndole atrás a la vampiresa primaveral, la que además le cantaba una canción de él mismo, justo la que él solía usar para levantar niñas.

Cuando mi amigo terminó la historia de lo que parecía ser la próxima súper-producción del ICAIC, yo estaba lo suficientemente despierto como para decirle: "Y ¿por qué en vez de con un cantautor no hacen esa película con un joven poeta?" Se quedó un instante mirándome muy serio y acto seguido empezó a emitir aquel sonido parecido a kej kej kej (con la e muy corta) que usaba para carcajearse.
No recuerdo exactamente cuándo y dónde lo conocí. Sé que estuvo en "Teresita y Nosotros" porque Casaus lo cuenta, pero yo no lo recuerdo de entonces. Entre las primeras veces que nos vimos distingo entre brumas una noche en una librería que había en los bajos del Habana Libre, donde se le daban los toques finales a una muestra de algo. Otra de esas primeras veces lo recuerdo haciéndome preguntas en un cubículo de la redacción de Juventud Rebelde, para una entrevista. Entonces me acababa de desmovilizar y mi futuro amigo alto, pálido y pelirrojo como un irlandés, me preguntaba qué poesía había leído, a lo que yo le contesté que "La Semilla Estéril" y "El Oscuro Esplendor", que se acababa de publicar. Lo cierto es que a este amigo primero lo identifiqué de oídas y de leídas, porque había ganado el premio David de poesía y los socios comunes que teníamos, como Guillermo y Víctor, decían que era buen poeta. Así que creo que antes de ubicar al autor escuché hablar de él y ojeé su primer libro, del que recuerdo todavía los poemas que más me "tocaron". Estaba aquel llamado "Kodak 120", en el que la madre, gracias al milagro de una foto, pasa la eternidad planchando creo que una camisa a cuadros. Estaba otro muy ingenioso, escrito en algo así como castellano antiguo, que narraba las cuitas de un abate llamado Asparagus. Estos versos dieron lugar a que algunos amigos le llamaran a su libro Cabeza de Espárrago y, al cura del poema, el abate Zanahoria. El tercer poema que recuerdo es "El Entierro del Poeta" y creo que este fue el que más bien me cayó de todos. Revelaba una deuda común con Vallejo, con la diferencia de que entonces ni nunca logré encontrar una manera tan hermosa de agradecerle al cholo los nutrientes.

Con posibles reminiscencias de aquel poema como un culto iniciático así como de otros que vive, inventa y escribe Luis Rogelio Nogueras , esta canción es lo que, hasta hoy, consigo expresar sobre el hermano tan querido.

La tonada inasible [mb 3,8 mp3]

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Opiniones

Opiniones dijo

por Mario Benedetti

Por muchas razones, y hasta sinrazones, Silvio Rodríguez es un cantante fuera de serie. Cofundador, con Pablo Milanés, Noel Nicola, Vicente Feliú, Eduardo Ramos, Sergio Vitier (y aunque nadie sabe quién la bautizó así) de la Nueva Trova, ha aportado su indudable prestigio a un movimiento que revitalizó la canción cubana y la catapultó en el plano internacional.

No obstante, aún dentro de un núcleo tan fermental, con el que siempre se sintió plenamente identificado, Silvio es un talante inconfundible.

Curiosamente, su voz no es cálida ni grave ni particularmente seductora, sino más bien aguda, de un timbre casi metálico y sin embargo frágil. Al escucharlo, uno llega a temer que en cualquier momento se le quiebre, y ese riesgo (que en su caso no es deliberadamente buscado sino más bien lo asume como algo irremediable) también forma parte de su extraño atractivo.

Con características que en cualquier otro cantante serían anticarismáticas, Silvio funda precisamente su carisma. Quizá el secreto resida en que siempre transmite una gran sinceridad, una honestidad a toda prueba, un no aparentar lo que no es, y, en estos tiempos de famas prefabricadas, de engendros de la machacona y mistificadora publicidad, esa actitud, a la que el público accede sin intermediarios, significa una bocanada de aire fresco en un ámbito, como el del espectáculo, por lo común tan especulativo como artificial.

Salvo en casos excepcionales, Silvio es autor de la letra y la música de sus canciones. Como en los ejemplos de Pablo Milanés, Chico Buarque. Viglietti, Serrat, Aute y no muchos más, esa doble autoría otorga a sus producciones una unidad esencial. Sean o no el resultado de un desarrollo paralelo, letra y música aparecen como gemelas (jimaguas, diría en Cuba), copartícipes en el acto de la parición. Fundamentalmente, las letras de Silvio, sobre todo las que crea a partir de una duramente adquirida madurez, tienen un nivel textual tan afortunado que (algo no demasiado frecuente en los cantores populares) conservan su validez política aun sin el básico soporte de la música. Alguna vez he sostenido, y su trayectoria posterior corrobora ni diagnóstico marginal, que Silvio es un poeta que canta, y más aun: que es uno de los poetas más talentosos de su generación.

Siempre recordaré como conocí a Silvio y a Pablo en La Habana, allá por el año 1966. Era mi primera visita a Cuba. Unos amigos me habían invitado a cenar en su casa y me anunciaron que más tarde vendrían dos cantantes muy jóvenes, todavía casi desconocidos. Por fin llegaron con sus guitarras y cantaron cinco o seis canciones cada uno. Tuve la rara sensación de que asistía a un viraje importante de la canción cubana: por un lado estaba presente la tradición trovadoresca, y por el otro una propuesta asombrosamente innovadora, que transformaba, enriqueciéndolos, los ritmos heredados e insertaba en las letras un sentido tan comunicativo como el de la poesía conversacional, entonces en pleno desarrollo en América Latina. Varios años después, escuchándolos de nuevo en textos y música de más rigurosa factura, les pedí que cantaran aquellas letras primigenias que les había escuchado en el 66. Pero no las recordaban.

Lo cierto es que en ese lapso habían creado tan frenéticamente nuevos cantos, que aquellos iniciales, tan importantes para mí, habían sido cubiertos por su propio olvido.

Este libro de Joseba Sanz tiene un valor inapreciable: inserta la obra del cantante en su vida, las sigue a ambas paso a paso, estrofa a estrofa. No es sólo una cronología ampliada, sino un curriculum espiritual, una efemérides de estado de ánimo. Por primera vez el oyente de Silvio podrá aquilatar no sólo una ruta artística sino también un recorrido vital. Podrá comprobar así que el mayor compromiso (palabra hoy tan subestimada por la dejadez postmodernista) de Silvio es con la vida, a la que no canta de lejos sino metida en ella hasta en los tuétanos.

Participando en la campaña de alfabetización, embarcando hasta África en el barco pesquero Playa Girón, empuñando un fusil para defender su Revolución, arriesgando su vida en Angola, cantándole al amor desde el amor, aprendiendo a tratar de igual a igual a las mujeres de su vida, creciendo con sus hijos, la trayectoria de Silvio es el hilo conductor de su canto, y cuando los públicos, leales y fervientes, de cualquiera de los tres mundos, lo aplauden con denuedo y naturalidad, no sólo están premiando su arte, también su coherencia, su fidelidad a la Revolución y a sí mismo, su capacidad de trabajo y su rigor, su calidad humana. Silvio nunca será un mito; no viaja con su pedestal a cuestas. Sus públicos lo saben y tal vez por eso lo tratan como a un querido y sencillo compañero, que les canta y les dice las felicidades y las desdichas que ellos también quisieran cantar y decir tan entrañablemente como él.

Tomado de Rebelión

7 Mayo 2008 | 09:31 PM

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Somos las Ex-Vírgenes Inéditas de Occidente: Nuriurka, Teriurka, Oliviurka, Marijoseurka y Visiurka, dos catalanas y tres andaluzas (o cinco gallegas, que no es lo mismo, pero es igual), que queremos a Silvio desde nuestra más tierna infancia y juventud. Su voz, su magia, sus ojos, su boca, sus manos, sus ideas, su poesia, sus canciones, su guitarra y SUS PECTORALES nos han guiado a lo largo de la vida. Con él aprendemos, disfrutamos, bromeamos, reímos, temblamos, soñamos y fantaseamos ...

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